Novedad editorial

Página principal  |  Catálogo de publicaciones  |  Pedidos  |  Distribuidores

 

Para aportar compasión a un mundo hambriento de amor...

 

El Camino del Sanador

Ojalá alguno de mis libros hiciera el mismo efecto a mis lectores que el que me ha hecho a mí El Camino del Sanador.

Cuando estaba traduciéndolo me parecía que me hablaba directamente a mí. Era como si en vez de traducirlo yo, el libro me estuviera traduciendo a mí. Me ha tocado en lo más profundo, amigos.

Soy consciente de que ésta no suele ser la forma en que se “anuncian” los libros, pero es que —más que eso— lo que quiero es presentaros a Earnie y presentaros su libro como si se tratara de un amigo que llega ahora a vuestras vidas. Porque espero que también a vosotros os llegue.

Este libro hace una rara síntesis de optimismo y realismo. Ya sé que es una extraña combinación, pues los optimistas suelen ser ingenuos y los realistas caen con demasiada frecuencia en el pesimismo. Sin embargo es así. Sin arredrarse por las dificultades, el autor actúa como un guía que nos acompañara por esa espinosa senda, por el camino del sanador. Y, aunque sea difícil ese recorrido, no abandona en absoluto el sentido del humor. Y así está bien, claro.

Seguramente hay más formas para hacerlo, pero ésta me ha parecido muy valiosa. Confío en que también os lo parezca a vosotros, en que el libro “os lea” como me ha leído a mí, y no dudéis en recomendarlo por doquier.

 

Eduardo Roselló Toca

 

 

 Como presentación del estilo y del espíritu del libro, transcribo aquí unos párrafos del mismo.

  

Yo no estuve presente, pero un amigo me contó lo que sucedió hace poco en una convención internacional de Alcohólicos Anónimos. Es una de esas situaciones en las que “te sientes orgulloso de formar parte de las secuencias de la Danza”.

Había unas cincuenta personas que habían conseguido pasar cincuenta años o más sin beber. Entre todas ellas se seleccionó a tres para que se dirigieran a la asamblea de 40.000 personas.

Mi amigo me dijo que una de las tres elegidas era una mujer pequeña y menuda llamada Ruth. Mil años de vida parecían tallados en su cara. Esta mujer menuda y delicada se puso en pie ante la muchedumbre y empezó con el saludo habitual en este tipo de reuniones:

—Hola, me llamo Ruth.

De todo ese gentío surgió la respuesta atronadora como si fuera el tierno abrazo de todos los asistentes:

—Hola, Ruth.

* * *

¿Alguna vez ha perdido usted algo muy importante, algo que necesitaba encontrar a toda costa? Tal vez iba a embarcarse para sus primeras vacaciones en los últimos diez años y de repente vio que le faltaban los billetes de avión. O no podía encontrar las llaves del coche cuando necesitaba desesperadamente ir a algún sitio. O, en un nivel más profundo, tal vez extravió a su hijo entre el gentío de unos grandes almacenes… ¿Puede recordar el pánico de ese momento?

Una infinidad de personas han perdido la esperanza, y con la esperanza han perdido asimismo su autoestima. ¿O tal vez se pierde antes la autoestima? Así que muchas han perdido su fe en el presente y su entusiasmo respecto a mañana. Se sienten atrapadas. Lo que han perdido y no pueden hallar atormenta sus corazones que no dejan de buscarlo.

¿Y recuerda su inmensa alegría cuando encontró lo que había perdido? Aunque yo no estuve en la asamblea comentada, he estado en bastantes parecidas, en tantas que sé lo que sucedía en ese momento. Era lo que se había perdido. En esa llamada y en esa respuesta estaba el cerrojo y la llave de los que tanto carece nuestra sociedad actual. Ahí mismo estaba el Secreto. Si puede verlo desde lo más hondo de su corazón, no se trataba simplemente de Ruth, ni tampoco de las 40.000 personas reunidas en ese estadio… No, allí estábamos y estamos todos nosotros. Se trataba de lo que hemos perdido y de cómo lo encontramos. Era, ni más ni menos, que el Secreto en armonía.

* * *

—He sufrido mucho, me siento sola y abandonada…

—Hola, Ruth…

 

—Me he perdido y no consigo encontrar el camino para volver a casa…

—Hola, Ruth…

 

—He hecho daño a otras personas, a ellas y a mí mismo. He convertido mi vida en un desastre…

—Hola, Ruth…

 

—He caído y no sé si podré levantarme…

—Hola, Ruth…

 

—He hecho que todo el mundo esté en mi contra…

—Hola, Ruth…

 

—Sé que no hay salvación sin perdón, pero ¿cómo puedo perdonarme?

—Hola, Ruth…

* * *

Diga usted el veneno, que yo le diré el antídoto: “Hola, Ruth…”

Ya sé que a veces se hacen chistes con estas frases con las que comienzan las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Supongo que con cualquier cosa puede hacerse un chiste, pero ahora quiero que se lo tome muy en serio cuando le sugiero que pegue su oreja a la tierra y que escuche con atención. Deje que Ruth y su grupo de 40.000 personas vengan de visita y que se queden un ratito. Porque lo que dicen es verdad.

Esa verdad proviene de la experiencia. Esas personas no estaban interpretando nada. No eran actores ni actrices. Estaban actuando según lo acumulado en sus corazones. En algún lugar, entre ese inmenso gentío, estaba el hombre que durante más de tres años se esforzó para conseguir celebrar una reunión de Alcohólicos Anónimos en su pequeña ciudad de provincia. Semana tras semana esperó en el lugar anunciado, a la hora prevista, sin que nadie acudiera. Pero semana tras semana, él estaba allí a la hora con su Gran Libro preparado. Alguien le preguntó por qué hacía esa tontería, acudir cuando nadie se presentaba. Su respuesta fue muy simple:

—Cuando yo necesité acudir a mi primera reunión, alguien estaba allí esperándome.

Así que él esperó. Un día llegó una persona. Luego vino otra. Hoy lleva un montón de almas en su bolsillo. Y estaba en la convención diciendo: “Hola, Ruth…” Naturalmente sabía de lo que hablaba.

También estaba Ginny. Ginny lleva una línea telefónica de ayuda en una ciudad del Medio Oeste. Cuando alguien necesita a otra persona que venga a echarle una mano, porque no puede hacerlo por sí mismo, llama a ese teléfono y Ginny responde. Es tan vieja y tan gorda que le cuesta trabajo desplazarse. Me contó que “sus chicos” le habían hecho un cojín de cuero porque necesitaba apoyar en algún sitio el brazo, pues la mesa le acababa produciendo llagas. Era dulce como un corderito, pero podía enfurecerse hasta unos límites insospechados si llamaba a un grupo de Alcohólicos Anónimos buscando a alguien que atendiera alguna llamada que ella había recibido y le pareciera que la estaban esquivando. Entonces se enfurecía como un ángel vengador:

—¡Por Dios santo, había alguien que te estaba esperando! ¡Más te vale estar en tu sitio la próxima vez!

Cuando Ginny respondió “Hola, Ruth”, su saludo llevaba la envoltura de las cien mil horas que había pasado atendiendo el teléfono. La riqueza de su “Hola, Ruth” no era por lo que ella decía, sino por quién lo decía.

Y también estaba Alice. Alice lo había perdido todo, incluso a sus hijos, por el alcohol, las drogas y la prostitución. Pero, por la gracia de Dios, había vuelto a encontrar su camino. Alice conoce la diferencia entre esto y aquello. Una noche, tras una reunión, yo estaba con ella cuando un grupo de mujeres empezaron a quejarse de sus piernas. Demasiado cortas, dijeron, demasiado largas, muy gordas, muy flacas, con los muslos fláccidos… Alice dijo muy reposadamente:

—Pues no sé… Las mías llegan al suelo, y eso es todo lo que me importa.

Alice tenía muy claras sus prioridades. Yo la he visto realizar su magia con algunas de las llamadas que recibía Ginny, de una forma que licenciados y doctores son incapaces de hacer.

Cuando Alice respondió “Hola, Ruth”, su respuesta venía de la misma hondura del corazón humano capaz de producir la vieja canción Amazing Grace (“Gracia sorprendente”). Estaba allí.

También estaba allí Scotty. A Scotty le amputaron las dos piernas y dirige un albergue para vagabundos, indigentes y deshechos en general. Una noche, cuando ya estaba acostado, escuchó un terrible jaleo fuera. Era como si unos gamberros estuvieran apaleando a uno de los residentes. Si usted viviera en el albergue de Scotty, estaría bajo su protección, lo que significa que nadie puede meterse con alguien que esté a su cuidado. Sin dudarlo, saltó de la cama y se abalanzó contra los gamberros sin haberse puesto sus piernas artificiales. No puedo imaginar lo que parecía… un tío que entra en una pelea sobre sus muñones… pero lo que sí puedo imaginar es el fuego protector de sus ojos; lo he visto muchas veces. Cuando está entregado a su misión, Scotty es un hombre sin límites. Estará allí pase lo que pase. Con piernas o sin piernas, se pondrá de su lado. Entre esos miles de personas en el estadio, puede afirmar que había un vínculo entre Ruth y Scotty. Tal vez no conocieran sus nombres o sus caras, pero reconocerían sus corazones. Ambos sabrían que se habían comprometido a estar el uno al lado de la otra.

Y también estaba Judy. Judy había velado a su hija en sus momentos más terribles. La vida de la joven había sido destrozada por el alcohol y las drogas, pero Judy nunca la había abandonado. Nunca la juzgó. Nunca la expulsó de su corazón. Con un infinito amor de madre, la acompañó hasta el final. Judy decía que nadie, bajo ningún concepto, merecía morir solo. Con esta visión que sólo el amor genera, a Judy su hija le parecía preciosa a pesar de los estragos sufridos. Y cuando respondió “Hola, Ruth”, sabía lo que quería decir con su hola.

Las personas se extravían muchas veces. Sus más profundas necesidades no son satisfechas. La herida que más necesita sanar está siempre sangrando en esas necesidades insatisfechas. La sanación siempre es una historia de amor. Son Judy, y Scotty, y Ginny, y el hombre que acudió a la reunión porque creía que había “alguien esperándole allí”. La sanación es una madre que dice: “¿Verdad que es preciosa?” La sanación consiste en descubrir dónde está la herida, porque saber dónde está la herida es saber una buena parte del Secreto. Por lo general, el Secreto no es revelado a gran escala, con miles y miles de personas en una convención nacional. Por lo general es un susurro, tan tenue, que es preciso estar muy atentos para escucharlo.

* * *

 

Earnie Larsen es un pionero en la recuperación de adicciones y en el tratamiento de comportamientos indeseados. Ha desarrollado el proceso conocido como 2ª Etapa de Recuperación. Ha escrito más de 60 libros sobre estos temas. Vive cerca de Minneapolis, Estados Unidos. Puede visitar su página www.earnie.com. Carol Larsen Hegarty es su hermana. Hace mucho tiempo que colabora con Earnie. Vive en el norte de California.

 

  

Ficha técnica

Nombre:

El Camino del Sanador

Título original:

The Healer’s Way

Autores:

Earnie Larsen y
Carol Larsen Hegarty

I.S.B.N.:

978-84-87598-86-9

Páginas: 272

Formato: 13,5 x 21

P.V.P.: 17,31 €

P.V.P. con IVA: 18,00 €

Publicación: 4 de noviembre 2009

Si desea recibir información sobre nuestras novedades, pulse aquí

3demail.gif (25189 bytes)


Página principal  |  Catálogo de publicaciones  |  Pedidos  |  Distribuidores