En la tradición oriental se dice que estamos atrapados en “maya”, el mundo fugaz y transitorio de la mente. Nos identificamos con ese mundo transitorio de pensamientos, sentimientos y emociones (y así nos convertimos en él). La trampa no es causada por ese mundo externo, sino por nuestra identificación con él y nuestro apego. Nos identificamos con tal pensamiento o sentimiento y creemos que no somos más que el paquete de sensaciones que captan nuestro campo de atención. Estas identificaciones y apegos crean limitaciones que nos producen un gran “sufrimiento”.
Los estados de trance son transitorios y, por tanto, son estados de maya. Son estados durante los cuales estrechamos y constreñimos nuestra atención (y nuestra sensación de nosotros mismos) identificándonos con nuestros pensamientos, sentimientos y emociones de una forma que aparenta ser autónoma, en vez de reconocer que somos los conocedores de esos estados de trance, que son transitorios. A lo largo del día entramos en estados de trance y salimos de ellos con mayor frecuencia de lo que se suele reconocer. Experimentamos un continuo de estados de trance —algunos de ellos agradables, otros muchos desagradables— en los que nos sumergimos en una sucesión mareante de identificaciones y apegos.
Lo que resulta más excitante al reconocer y experimentar la multitud de estados de trance que creamos a lo largo del día es que lleva a una experiencia trascendente de uno mismo. Cada estado de trance tiene un punto de inicio, un punto medio y un punto final. Conforme vamos saliendo de nuestros trances identificando estos componentes, empezamos a darnos cuenta de que el único factor que tienen en común esas series de trances somos nosotros mismos. Hay un yo, o un yo más grande, que queda fuera de las entradas y salidas de esos estados de trance. Además, ese yo está creando los estados de trance, pues dichos estados no son en absoluto autónomos. Al experimentar el proceso paso a paso que llevamos a cabo para crear nuestros trances (y, por tanto, nuestra sintomatología), automáticamente tomamos el control sobre ellos, lo que a su vez nos capacita para trascenderlos.
Suele reconocerse que el trance se caracteriza por tres características esenciales:
- El trance se caracteriza por un estrechamiento, contracción o fijación de la atención;
- El trance suele ser experimentado como algo que sucede a la persona; y
- El trance se caracteriza por la emergencia espontánea de diferentes fenómenos hipnóticos.
Teniendo presentes estas tres características esenciales, exploremos la amplia variedad de estados de trance que experimentamos y que no suelen ser identificados como tales.
A lo largo de un día cualquiera, se puede experimentar lo que yo denomino un “trance de playa”, un “trance de fobia”, un “trance de gatito bonito” y un “trance de lucha”, por señalar sólo unos pocos.
Supongamos que usted va a la playa el domingo después de una semana especialmente intensa de trabajo. Se tumba al sol, “desconecta”, mira fijamente al agua, siente el calor hipnótico del sol sobre su piel y experimenta unas sensaciones estupendas mientras descansa en la soleada arena (trance de playa). Entonces aparecen unos conocidos y se va con ellos a dar un paseo a la orilla del mar. Empiezan a bromear y le empujan a usted hacia el agua. Ellos no saben que usted tiene fobia al agua y usted empieza a ser presa del pánico y le parece que va a ahogarse (trance de fobia).
Usted sobrevive a esta prueba, recoge sus cosas y se dirige de vuelta a casa. En el camino de regreso se cruza con un jovencito que está tratando de regalar unos gatitos. Usted se para en seco, toma uno de los gatitos y empieza a hablar como si tuviera cinco años. Está tan encantado con el gatito que se pasa más de media hora hablándole al gatito y sin tener la menor conciencia del paso del tiempo (trance de gatito). Llega a casa y empieza a discutir con su pareja; ambos chillan y gritan durante media hora por lo tarde que usted ha llegado (trance de lucha). Luego se tranquilizan, se abrazan y besan y se dicen el uno al otro cuánto se quieren durante más o menos una hora (trance amoroso).
Todas estas experiencias de trance tienen dos factores comunes. El primero es que cada una de ellas tiene un principio, un desarrollo y un final, lo que implica que usted es el único factor común en el ir y venir de cada trance concreto.
El segundo punto en común es que cada estado de trance (ya sea “agradable” como ir a la playa, o “desagradable”, como la disputa) constaba de un conjunto de Fenómenos de Trance Profundo. Si usted hubiera grabado en una cámara de video su experiencia en la playa, probablemente podría darse cuenta de las transformaciones que se estaban dando en usted. Cuando llegó a la playa, su cuerpo estaba tenso y sus movimientos eran rígidos; incluso su expresión facial estaba enfurruñada por la tensión de la semana. Cuando la playa empieza a sucederle, usted comienza a derretirse… está tumbado en la arena, dorándose al sol, escuchando el golpeteo rítmico de las olas. Sin necesidad del menor pensamiento consciente, la experiencia de la playa parece haber creado en usted un estado hipnótico de relajación lleno de Fenómenos de Trance Profundo como distorsión temporal, disociación, anestesia, distorsión sensorial y así sucesivamente.
Tal vez su experiencia de la playa fue más activa, corriendo por la orilla, jugando a la pelota con un niño, riéndose y chapoteando en el agua “como cuando era un niño”. Si entonces alguien le preguntara cómo había sido el día, habría respondido que genial, que volvió a sentirse como un niño. Básicamente el entorno de la playa disparó un estado de regresión de edad que parecía sucederle a usted. Después de todo, usted no fue a la playa con la intención consciente de crear la experiencia de jugar como si volviera a ser un niño. Sin embargo usted creó esa experiencia.
El trance de la fobia es una especie de avalancha de la regresión, pues de repente se ha visto arrojado a un tiempo en que, a muy tierna edad, fue golpeado por las olas y tuvo miedo de ahogarse. Mano a mano con este viaje en el tiempo está la experiencia de la pseudo-orientación temporal, en que usted cree moverse hacia el momento de la catástrofe imaginada; y experimenta asimismo una sensación angustiosa de distorsión temporal: de repente parece como si el tiempo se hubiera detenido y usted está congelado, presa del pánico. A continuación llegan las sugestiones posthipnóticas en oleadas (“¡Me voy a morir!… ¡Sacadme de aquí! He sido un estúpido por acercarme tanto… ¡me voy a morir!) que barren todos sus pensamientos para completar esa experiencia singular de miedo.
El trance del gatito ayuda a recuperar un estado de mayor comodidad. En esta ocasión, la experiencia de la regresión de edad es absolutamente agradable cuando recuerda ese momento mágico en que tuvo su primer gatito. La reducción de su foco de atención a los gatitos es algo placentero que contrasta llamativamente con la reducción del foco de atención al estado de pánico experimentado (creado por usted) previamente. De forma análoga, su experiencia alterada del tiempo en el trance del gatito (distorsión temporal en la que experimenta como si el tiempo pasara muy rápidamente) contrasta igualmente con la sensación del tiempo detenido o pasando muy lentamente en el trance de pánico.
El trance de lucha se pone en marcha con un salto brusco de regresión a la edad de las rabietas. Los dos gritan y chillan; uno de los dos tira un libro contra el suelo para poner más énfasis en lo que dice; el otro mira para otro sitio y pone morritos. Entonces la rabieta se articula y elabora a través de una descarga de sugestiones posthipnóticas que se disparan entre las dos líneas de fuego. Su pareja grita: “Siempre llegas tarde… No me tienes ninguna consideración… Llegas tarde porque lo que pasa es que no me quieres…”
Usted responde: “Es que eres tan rígida… no dejas sitio para la espontaneidad… Sólo piensas en tus propios horarios… si me quisieras, me dejarías estar más a mi aire.”
La pseudo-orientación temporal hace entonces que su pareja repase el día a la velocidad de un relámpago y llegue a la desdichada conclusión de que “me has echado a perder el día”. La conclusión de usted es similar. Cada uno se va a una habitación diferente, rumiando en un trance que efectivamente hace que el resto del día (pseudo-orientación temporal hacia el futuro) se eche a perder desde ese momento.
Pero al final los dos se cansan de acabar la partida en tablas y empiezan a salir de ese estado. A medida que la rabia se va disipando y van surgiendo sentimientos más dulces, el trance amoroso se pone en marcha. Las dos regresiones de edad a la fase de las rabietas se transforman en regresiones de edad a la fase infantil dependiente y agradecida. Ambos empiezan a balbucear de manera infantil y se disculpan, se dicen que se quieren, declaran que la otra es la única persona para ellos, que no podrían vivir sin ella o que “soy más yo cuando estoy contigo que cuando estoy con cualquier otra persona de todo el mundo” (sugestiones posthipnóticas). Ambos reafirman el valor de su unión (trance de identidad… luego hablaremos de ello) y se consuelan con sus imágenes internas de caminar por la calle cogiditos de la mano, yendo a un restaurante como una pareja, compartiendo la tarjeta de crédito y haciendo la compra conjuntamente (pseudo-orientación temporal).
También es posible que experimente una cierta distorsión temporal en el trance amoroso, pues el tiempo parece desaparecer por completo.
Esto no quiere decir que todos nuestros momentos amorosos estén contaminados por estados de trance que desplazan la experiencia del momento actual y la sobrecargan con “asuntos pendientes”. Sin embargo, tales experiencias de amor “puro” (en la literatura hindú se las denomina prem; en la cultura occidental suelen llamarse de “amor incondicional”) son bastante raras. La mayor parte de nosotros estamos más familiarizados con la intrusión de una buena cantidad de “juegos” y “complejos” en el momento en que entramos en un contacto más íntimo y estable con otra persona. La materia prima de esos juegos y complejos son los Fenómenos de Trance Profundo.
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