Narrativa

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Noche clara es la historia de una madre y un hijo que vuelven a encontrarse a través de una curiosa relación epistolar cuando ambos caminan ya al borde de la orilla que separa la vida de la muerte. Pero no realizan este viaje solos. Una voluntaria que acompaña al hijo, paciente de sida, y un jubilado, ilusionado compañero de fatigas de la madre en un centro de la tercera edad, componen al tiempo dos mundos paralelos y las guías entre las que se encauza la emoción y la esperanza del reencuentro.

Un reencuentro, además, sin lágrimas ni estridencias. Si algo muestran los personajes de este libro es el aplomo de saberse en su propia posguerra, sin remisión y malheridos por mortíferas vías de agua, pero aferrados aún a ese afán emocional de reunir los restos del naufragio. Al menos, de todo aquello que todavía es recuperable para que el hundimiento no acabe sólo en una fría y natural oscuridad. Como en toda posguerra, existen grandes dosis de resignación y una sensación acre de desasosiego, algo natural en aquellos a quienes el balance de su vida arroja un saldo malgastado.

Las raíces de las historias que aquí se presentan se hunden firmemente en las parábolas que aparecen en los libros del Nuevo Testamento. Sin embargo, estas historias difieren de esas parábolas únicas del mismo modo que un árbol difiere de sus raíces, que le soportan y a las que debe su elevada estatura y su fuerza vital.

Éstas que aquí se presentan no son parábolas ni medios de ilustrar ni de aclarar las percepciones. En ese sentido podríamos decir que estas historias se sostienen por sus propios medios. Su objetivo es poner el énfasis, una y otra vez, en el inalienable derecho del ser humano de no separarse de su Padre Celestial, que es Amor, y así abolir el amargo destino de errar perdido y lejos de él, lejos de los puros manantiales del Amor.

Además de su belleza, estas historias nos llevan a plantearnos las cuestiones fundamentales de hasta qué punto nos mantenemos fieles al principio de no discriminar, y si nuestra entrega a los ideales de fraternidad de los seres humanos es suficientemente fuerte, lo que redunda sin duda en una mayor práctica de la compasión.

El protagonista de La luz del silencio, Miguel, es un hombre de unos cuarenta años para quien el tiempo se detuvo a los diecinueve, cuando un ataque de meningitis le dejó postrado en una cama. Desde entonces no celebra los cumpleaños. También el espacio se difumina en el territorio imaginario de Pueblo para centrar la atención de la historia en ese hombre (no ha dejado de ser un chiquillo, estaba a punto de conocer el amor cuando sufrió el ataque) que se comunica con su madre a través de la mirada; junto al corazón, la única parte de su cuerpo que responde a los estímulos.

Miguel recuerda en un extenso monólogo interior, que es el verdadero eje de la novela, los tiempos "verticales", cuando podía caminar erguido, años que, para él sí fueron mejores. No tanto por la desgracia que le segó la juventud como por los cambios que, para mal, ha experimentado el Mundo desde entonces.

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